lunes, octubre 14, 2013

Proyección

Cuando me reencuentro con el mundo de la literatura, con el mundo del plasmar, constato que desde hace años existe un reiterado eco de frustración, de intentos y fracasos, de nada en el fondo. Me quejo por crecer, me quejo porque tengo miedo de que el tiempo avance demasiado pronto sin llegar yo a ser en plenitud, de experimentar de manera culmine todo lo que la vida te puede ofrecer, y no se trata de ser ambiciosa pues me bastaría con limitarme a las cuestiones vanas pero sinceras y repletas de emocionalidad. Quizá, yo, ser extremadamente hipersensible a las corrientes de los astros, no estoy hecha para atravesar a lo que las personas llaman cotidianidad, sino solo para ser una testigo en manifiesto deseo de alcanzar.

En otras ocasiones un poco más pesismistas, en días absolutamente más negros, en donde los recuerdos son crueles, una advertencia terrible de que por lo general todo termina igual, como si yo fuera la fuente de que toda relación humana en la que participo termine de manera trágica, en días en los que padezco de una fragilidad astral, en donde despierto llorando por evocaciones pasadas que no tienen sentido pues siquiera puedo reclamarlas a alguien, cosa que le quita toda legimitad de existencia. En esas ocasiones es donde me cuestiono, qué de cierto ha tenido mi vida, qué he olvidado por el transcurrir imperceptible del tiempo, si quizá a través de mi emocionalidad todo ha sido ficción y solo he suplido con ideas lo que hace falta.

Ay vida, dame algo real, algo tan real que me quiebre en mil pedazos pero de alegría y no de desesperanza, algo que susurre que la vida en 19 años no será la misma que a la de hoy y que vale la pena con cada fibra.